La historia del aloe vera II

En esta ocasión vamos a continuar un recorrido por la historia del aloe vera a lo largo de la historia.

Dioscórides, un botánico y médico del siglo I realiza los escritos acerca de las propiedades del aloe vera, añadiendo nuevas funcionalidades como sus propiedades purgantes, fortalecedor del estómago e intestino, tratamiento de llagas y quemaduras, para curar las hemorroides, para luchar contra la alopecia y un largo etcétera.

Este mismo médico sitúa el origen de la mayor parte de las especies conocidas de aloe en África. Esta obra tuvo mucha influencia dentro del mundo árabe, y es una de las principales razones por las que el aloe vera es tan conocido en la actualidad especialmente dentro del mundo musulmán.

En este mismo siglo, Plinio el Viejo realizó un nuevo tratado en el que incluía recetas de Dioscórides, además de que amplíaba su efecto para la curación de úlceras y llagas entre otros, aunque como solía ocurrir en estas épocas también añadió un punto de superstición y creencia mágica.

Posteriormente, entre 129 y 200 d. C., fue Glaeano el que escribió sobre esta planta, basándose en su idea de que todas las enfermedades humanas podían ser curadas con elementos de la naturaleza.

No obstante, hay que tener en cuenta que en muchas regiones del sur de África el aloe vera se utilizaba para el lavado del cabello y del cuerpo, además de que de esta forma se conseguía una interesante protección frente a la radiación solar así como repelente de todo tipo de insectos. Por otra parte también era utilizada para disimular el olor corporal cuando se iban de caza y, por supuesto, para curarse las heridas.

Después de llegar el cristianismo, se empezó a hablar del áloe vera en las sagradas escrituras a través de San Juan.

Cuando llegó la edad media y dentro del dominio musulmán, en Al Ándalus se realizaron inmensas plantaciones de sábila. Gracias a ello se consiguió extender esta planta por toda Europa destacando la región mediterránea.

Hay pruebas que demuestran que la sábila existía en el continente americano y que no llegó allí a través de la conquista como se tiende a afirmar. De entre ellas destaca el uso tradicional por parte de los indígenas americanos de esta planta curativa y a la que se le atribuían efectos espirituales.

No obstante, tras la conquista de América fue cuando los jesuitas españoles se encargaron de expandir esta planta por todo el continente y que no quedarse tan sólo localizada dentro de México y la civilización Maya.

Debido a la reconquista de España, durante el Renacimiento, el uso de esta planta empezó a desaparecer, dedicándose prácticamente sólo al polvo concentrado originario de los países tropicales y con una utilidad como laxante. Con el tiempo, la sábila fue perdiendo la fama de planta curativa en Europa, llegando a considerarla más como un mito que como una planta medicinal real. Esto se debía a que en esta época se fue dejando de cultivar la sábila por lo que la planta tenía que llegar de climas más cálidos, por lo que una vez que se utilizaba ya había perdido gran parte de sus propiedades.

Una de las premisas fundamentales para sacar el mayor partido a esta planta es consumirla rápidamente, ya que se oxida en muy poco tiempo.

No fue hasta la Segunda Guerra Mundial cuando se volvió a valorar el uso terapéutico del áloe, manteniéndose hasta el presente. Una de las razones por la que pasaron a reconocerse médicamente las propiedades del áloe vera fue gracias a la aparición de los primeros aparatos de rayos X, ya que dichos aparatos hacían quemaduras tanto a pacientes como a médicos.